20140428

La soberbia de la izquierda

Por Gabriel Boragina ©

Es muy difícil, por no decir prácticamente imposible, encontrar personas más pedantes, presuntuosas y arrogantes que los izquierdistas. Para peor, es frecuente que combinen estas características con un pésimo trato, malos modales y una descortesía sin igual. Algunos  pocos son cumplidos y educados, pero, he de destacar son una minoría, por desgracia. En mi trato diario con colectivistas, he venido observando estas características. Y conste que siempre he tratado de buscar el lado bueno de este tipo de personas. Debo confesar, entristecido, que es muy difícil hallarlo.
Hace tiempo que vengo pensando que la ideología que abraza una persona tiene muchísimo que ver con su personalidad, es decir con sus características personales. Por lo tanto, no es casual, a mi modo de ver, que la petulancia, la vanidad y la soberbia que conlleva la ideología izquierdista se vea reflejada en sus adeptos, sean seguidores o jefes.
¿Que entiendo por izquierda? Cuando hablo de izquierda me refiero a socialistas, marxistas, comunistas, socialdemócratas, progresistas, autodenominados movimientos populares o populistas, anarquistas, ecologistas, etc. No importa demasiado como ellos prefieran rotularse. He encontrado que casi todas las personas que he conocido y que de una u otra manera se han catalogado a sí mismas bajo alguna de estas etiquetas, responden a patrones comunes tales como la arrogancia, la petulancia, la insolencia y la necedad, combinados como he dicho, con descortesía en el trato, desconsideración y malos modales.
Considero que tampoco es casual que las personas que crecen y se educan en regímenes donde predomina la educación estatal en la que de ordinario se promueven ideas socialistas, adopten estas desagradables y antisociales características.
Corroborando algo que ya había observado Friedrich A. von Hayek en su genial libro La fatal arrogancia (Unión Editorial, Madrid, 1990), he constatado que a medida que crece la intelectualidad del colectivista en la misma proporción aumenta su arrogancia, su prepotencia y su pedantería. Entiendo que a esto se refería Hayek cuando afirmaba que no hay nada más peligroso para la humanidad que un socialista "inteligente". Decía Hayek que en la medida que aumentaba la "inteligencia" de un socialista, su tendencia hacia ingeniería social también iba en aumento en la misma proporción o más que proporcionalmente.
Como decía, en mi trato diario con izquierdistas he ido y voy comprobando la tesis del genial maestro austriaco, lo que constituye, por cierto, otro de sus grandes aciertos.
Los más petulantes entre los colectivistas son aquellos que tienen algún grado académico. En menor medida, los que han leído algunos libros. Finalmente, los menos vanidosos y engreídos son aquellos izquierdistas que no poseen una educación formal o bien la poseen en bajo grado. Estos últimos son más abiertos y más propensos para el diálogo. Muestran un mayor grado de apertura mental y además mejores modales y mayor urbanidad. Por el contrario, y como queda dicho, a medida que aumentan las lecturas del colectivista, su arrogancia y prepotencia lo hacen en mismo o mayor grado. Es sumamente importante aclarar que las lecturas del izquierdista son todas, desde luego, de autores de izquierda o afines. El colectivista que haya leído autores que no sean de izquierda es, sin dudar, una rara avis.
Yo creo que la doctrina en que se forman estas personas, tiene mucho que ver con estas tendencias que se verifican en 8 o 9 de cada 10 casos de los que me han tocado. También creo que hay una suerte de retroalimentación o feed back entre las doctrinas de izquierdas y este tipo particular de personalidad, que buscan contactarse y unirse como un imán. Según mi experiencia, los estudiantes universitarios con tendencia de izquierda de los primeros grados de la universidad son mucho más abiertos intelectualmente que los ya graduados. Y ni que decir de ahí en adelante. Habría motivos para creer que un graduado y –además- laureado universitario de izquierda está en camino a ser un caso irreversible. Más aún, si ya tiene alguna notoriedad o es autor de uno o dos libros. Esto podría llevar a pensar que un premio Nobel de izquierda es ya un caso perdido.
Si bien yo casi no creo en casos irreversibles, si en cambio, estoy en tránsito a creer que es cierta la observación de Hayek mencionada más arriba.
La mayor parte de los profesores universitarios de izquierda apenas oyeron hablar de la Escuela Austriaca de Economía. Pero aun así, no tendrán ningún empacho en opinar "a cuerpo suelto" sobre ella. Nunca leyeron a sus autores, no obstante se los escuchará criticarlos con gesto adusto y pose de seriedad. Esto es algo repetitivo para mí en mi experiencia diaria universitaria.
El izquierdista se cree normalmente "docto" en todas las áreas del saber que existen. Y se lo escuchará "dictar cátedra" sobre todo el conocimiento existente, y todo ello sin el menor rubor. La humildad y el respeto son palabras que no conoce, le resultan incomprensibles sus significados. Se sorprenderá genuinamente que no se le consulte para cualquier clase de cuestión, sea o no de su especialidad.
Un colectivista casi nunca dirá "no se" sobre cualquier tema sobre el que se esté hablando. Su petulancia es como un impulso que lo obliga a opinar de todo y con todos, sin modestia, sin rubor, sin recato y normalmente con un tono rayano entre la agresividad y el insulto. Un izquierdista está convencido que frente a su "sabiduría" todos los demás son ignorantes sin remedio.
Cuando se les contradice, reaccionan con desagrado y pronto llegan a la violencia, verbal primero, y si se les sigue contradiciendo, física más tarde. Un colectivista suficientemente exaltado (lo que no es nada difícil de lograr) llega a la violencia física con extrema facilidad, previo paso por los consabidos insultos, finos al comienzo y de mayor calibre en lo sucesivo. Tengo suficiente experiencia en este tipo de reacciones, sean en ámbitos educativos, universitarios, académicos como políticos, e incluso, domésticos, donde también se cumple la regla. La secuencia en círculos o ámbitos de izquierda es siempre la señalada.
A los más "amables", la "amabilidad" les dura poco. Basta no estar de acuerdo con ellos en dos o tres conversaciones y pronto se los verá sin su máscara de "buenos modales". No hay que darle mucho tiempo a un izquierdista para que pierda la sonrisa (por lo general, impuesta).
No admiten que se les contradiga. Si se les dice que no se está de acuerdo con ellos, nos acusarán de "dogmáticos" o "teóricos". Para ellos ser "dogmático" o "teórico" no es ninguna otra cosa que opinar de manera diferente a la de ellos. Para un colectivista ser "dogmático" o "teórico" es simplemente, disentir lisa y llanamente con él.
Hay muchas maneras de reconocer a un izquierdista, pero la más corriente es prestar atención a sus actitudes. No dialogan, monologan, es decir, hablan solos (por más que haya alguien más presente). Jamás escuchan al otro. Solo lo aparentan. Su tono siempre es el de discurso de barricada, es decir, excluyen a priori cualquier argumentación, y se centran en la declamación. Observe atentamente el lector este rasgo la próxima vez que se tope con un colectivista ya que es muy típico. 
Otra constante del izquierdista es la permanente desviación de la conversación desde los argumentos hacia la persona del interlocutor. Es típico del colectivista que cuando se queda sin argumentación frente a un oponente (o se ve desarmado por el contrario), desvía la conversación y cambia de tema. Abandona el tema de discusión y lo cambia, poniendo como nuevo tema de controversia la idiosincrasia (u otros aspectos) de la persona con la que discute. 
Para esto, los izquierdistas siempre tienen las palabras "apropiadas" para atacar al disidente. Los calificativos preferidos de un colectivista que demuestran que ha sido vencido en la contienda verbal, son tachar al otro de "dogmático", "prejuicioso", "ignorante", "clasista", "teórico", "fascista", "oligarca", etc. Es decir, atribuirle al prójimo sus propias características, en lo que no es otra cosa más que una proyección psicológica de sus propias carencias, defectos y limitaciones como ser humano. Preste atención el lector al uso de esa fraseología la próxima vez que se encuentre en un debate con un colectivista. Es un arma infalible para reconocer a un izquierdista. 
Al descargarla en su opositor, el colectivista hace una suerte de extrapolación, con la cual logra una especie de liberación psíquica. Como una catarsis, por la cual el colectivista expulsa su propio veneno interior. No es ninguna otra cosa que el antiguo y sucio truco de responsabilizar a todos los demás menos a uno mismo de sus propias limitaciones. Es otra forma de decir que ellos son "inocentes" y los demás el único culpable.

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